A un año del 18-O: el viernes de furia que derrumbó el oasis de Piñera y desató un proceso constituyente sin vuelta atrás

«Sin duda, este es un fin de semana que puede ser complejo, pero ya hemos ido transitando y hemos visto cómo esa gran mayoría de los chilenos quiere paz y tranquilidad, y creo que ese debe ser el elemento central que interprete, que marque la actitud, actividad y vida de los chilenos, particularmente en frente al 25 de octubre». Estas fueron las palabras del ministro del Interior, Víctor Pérez, quien realizó un balance sobre los hechos de violencia ocurridos ayer, en la previa a que se cumpla un año del estallido social del 18 de octubre.

El jefe del gabinete valoró el comportamiento pacífico de la mayoría de los manifestantes del viernes, recalcando la importancia de este ánimo con miras al plebiscito. Pero sin duda lo que pase este domingo sigue siendo incierto. Y es que mañana se cumple un año de un día histórico.

La imagen de los estudiantes secundarios saltando torniquetes en el Metro de Santiago, manifestándose contra el aumento de 800 a 830 pesos en el pasaje del tren subterráneo, a días de lo que sería el inicio del denominado «estallido social», fue sin duda una de las primeras señales de lo que se venía. Sin predicción alguna, y no solo por esos 30 pesos, un día como hoy —pero de 2019—, una crisis sin parangón sacudió los cimientos del «oasis» de una convulsionada América Latina.

Fue un viernes de furia en Santiago, una nueva «revolución de la chaucha» —decían algunos—, cuando miles de personas coparon durante semanas la emblemática Plaza Italia, rebautizada en nombre de la dignidad y considerada la zona cero del «estallido», para protestar contra el Gobierno y la desigualdad, al grito de «Chile despertó» o «No son 30 pesos, son 30 años».

El nivel de caos registrado esa noche, en la que ardió el edificio de Enel y una sucursal del Banco de Chile, y las manifestaciones espontáneas de descontento social graficadas en cacerolazos masivos que se extendieron a otras regiones del país tuvieron —según fuentes transversales— una clara trazabilidad: los errores políticos cometidos por el Presidente Sebastián Piñera y sus ministros en ese entonces para contener la peor crisis política experimentada en democracia.

Los errores que partieron desde el momento mismo del alza de los pasajes del Metro, y que encontraron en la salida del Presidente a comer pizza el símbolo más claro de la desconexión del Gobierno mientras Santiago estaba en llamas, dieron un golpe bajo a la línea de flotación del Ejecutivo, cuyas consecuencias podemos ver hasta hoy reflejadas en las encuestas. La mayor crítica: desde el principio, ante la revuelta ciudadana, el Ejecutivo evadió el fondo del conflicto y optó por reforzar la fuerza policial.

Un día después, el 19, los desmanes estallaron y el Gobierno decretó el toque de queda por ocho días, algo inédito en democracia. Acto seguido, y tras reunirse con militares, Piñera dice el 20 que Chile estaba «en guerra contra un enemigo poderoso».

La «Plaza de la Dignidad» fue escenario de festivas concentraciones, pero también de cruentas batallas, con incendios, saqueos y heridos. Pero la presión de las manifestaciones abrió surcos en las voluntades y el Parlamento aprobó, el 21, anular la subida en el precio del Metro. Sin embargo, esta acción no fue suficiente para apagar las barricadas y más de un millón de personas se tomaron Santiago el 25, pese a que Piñera había anunciado, además, medidas como el aumento del salario mínimo o la reducción del sueldo de los parlamentarios. Fue la mayor concentración en 30 años.

El 28, Piñera cambió a ocho de sus 24 ministros, entre ellos, a su primo, el titular de Interior, Andrés Chadwick Piñera, mientras los muertos ya llegaban a 20 y diversos organismos internacionales anunciaban visitas al país por denuncias de violaciones a los Derechos Humanos por parte de agentes del Estado chileno.

Los gases lacrimógenos, el humo, las cortinas metálicas, los rayados, las capuchas, la policía en cada esquina, las veredas transformadas en mosaicos y los militares convertidos en verdes gárgolas ambulantes después del toque de queda, se convirtieron en el panorama diario, convirtiendo lo que alguna vez fue escenario de celebraciones deportivas en un inhóspito lugar cargado de consignas contra un Presidente que, como el chorro del guanaco, apagó el foro APEC y la famosa COP25 anunciada con bombos y platillos antes del estallido.

Chile se quedó también sin la final de la Copa Libertadores pero las manifestaciones no cesaron. En las calles de Santiago se podía escuchar batucadas, «El pueblo unido jamás será vencido», «El derecho de vivir en paz», «El baile de los que sobran», o leer frases de Charly García o Bolaño en una ciudad que, de noche, se llenaba de láseres apuntando al cielo tratando de derribar algún dron policial.

Las razones de que el descontento siguiera, a pesar de los intentos del Gobierno, las comentó casi como primicia Pablo Ruiz-Tagle, decano de la Facultad de Derecho de la U. de Chile, el 25 de octubre. El académico dijo, en entrevista con El Mostrador, que «no iba a existir una salida viable sin una nueva Constitución».

Y tras 22 días de protestas y graves hechos de violencia, Piñera admitió recién que el cambio del texto constitucional era un asunto urgente. “Lo vamos a discutir al interior de Chile Vamos y la intención que tengo como Presidente es poder discutirlo y enviar el proyecto al Congreso, que es el lugar donde se tienen que discutir los cambios constitucionales“, señaló el Mandatario en aquella oportunidad.

El 15 de noviembre, el oficialismo y la oposición acordaron convocar un plebiscito en abril de este año sobre un nuevo texto constitucional y qué tipo de órgano debería redactarlo. La Constitución del 80 comenzó a escribir su epitafio y Chile inició un histórico proceso político para un nuevo pacto social. Pero a pesar del pacto «por la paz y la nueva Constitución», las movilizaciones no concluyeron y dos sucesos marcaron la agenda en los días siguientes. El 20 de noviembre el colectivo Las Tesis interpretó por primera vez «Un violador en tu camino» y semanas después el cántico se vuelve un himno global feminista.

Luego, el 26 de noviembre, Gustavo Gatica se convirtió en el primer manifestante en quedar ciego tras recibir perdigones en el rostro. Caso que se sumó al de Fabiola Campillai, quien perdió la vista y los sentido del gusto y olfato tras recibir una bomba lacrimógena disparada por un carabinero mientras se dirigía a su trabajo.

Los costos políticos se vieron reflejados nuevamente el 11 de diciembre, cuando el Parlamento inhabilitó al ahora ex ministro Chadwick para ejercer cargos públicos cinco años por su gestión del estallido. Al día siguiente, los diputados rechazaron un juicio político contra Piñera por violaciones a los Derechos Humanos cometidas en la crisis, mientras que la ONU denunció el 13 el elevado número de heridos oculares en las protestas.

El 23 de febrero las manifestaciones seguían, aunque con menos chispas que antes, vivas e incandescentes. De hecho, en el Festival Internacional de Viña del Mar se registraron duros enfrentamientos entre carabineros y manifestantes.

Protestas afloran en medio de la pandemia

El 3 de marzo se detectó el primer caso de Covid-19 en Chile, sin embargo aún no había protocolos establecidos, cinco días después, aún con brasas del movimiento por la dignidad, cientos de miles de personas conmemoraron en Santiago el Día Internacional de la Mujer con una convocatoria que quedó grabada como histórica.

El 18 de marzo, Chile cierra sus fronteras y escuelas y se prepara para un confinamiento que se extendería hasta septiembre. La pandemia se llevó consigo la oportunidad de realizar el plebiscito en abril y el Congreso aprobó, el 24 de marzo, aplazar la votación al 25 de octubre por la crisis sanitaria.

Pero, en medio del confinamiento, entre abril y mayo, se registraron, con trazos del estallido social de octubre, varias «protestas contra el hambre» en Santiago para pedir ayudas durante la pandemia. Desde ahí, la historia está con tinta fresca y el 23 de julio el Parlamento aprobó una inesperada ley para retirar de manera anticipada el 10% de los fondos de pensiones.

Hace poco, el 25 de septiembre, arrancó la campaña para el plebiscito y abrieron las dos últimas estaciones del Metro de Santiago que permanecían cerradas desde el inicio de la crisis que se reactivó el pasado 2 de octubre cuando un carabinero lanzó a un menor al lecho del río Mapocho avivando nuevamente las protestas.

Hoy, con mascarillas y alcohol gel, la restaurada Plaza Italia podría volver a albergar este domingo a manifestantes que, con ánimo de conmemoración, lleguen a manifestarse, a una semana del plebiscito. El llamado del Gobierno fue a manifestarse en forma pacífica sobre todo ad portas de la histórica decisión sobre reemplazar la actual Constitución heredada de la dictadura militar.