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La marcha interminable: de las reivindicaciones feministas a la transformación social

Con movilizaciones en el mundo entero se conmemoró este nuevo 8M, miles de consignas, lemas y demandas, pero sobre las mismas, la denuncia recurrente sigue siendo la violencia de género y los femicidios, sombras que no cesan y que han cruzado toda la historia de la humanidad.

Según algunas definiciones, la violencia de género es todo acto que genere daño físico, sexual o sicológico, actos que pueden implicar amenazas, acoso, coacción, privación de libertad, instrumentalización, explotación o abuso de cualquier ser humano. A su vez, el femicidio es la máxima expresión de la brutalidad que se expresa en el asesinato de mujeres por motivaciones de odio, dominación y que el mismo, en pleno contexto de la conmemoración, sumó decenas de nuevas víctimas en todas partes del planeta.

¿Cuántas marchas más habrá que realizar para terminar con los abusos y las muertes?, ¿cuántos bases de datos estadísticos hay que generar para actuar políticamente y promover un nuevo orden social, más allá de la visibilización de la realidad?, ¿cuántas más declaraciones, Objetivos del Milenio y de Desarrollo Sostenible se necesitan para que impere la dignidad, el respeto y la igualdad para nuestras abuelas, madres, compañeras e hijas?, ¿cuánta más política pública, agendas de género y protocolos hay que crear para reparar esta casa común de todos?. ¿Cuántos Organismos Internacionales Especializados más hay que crear?, o ¿por qué no se interviene en virtud de combatir la desigualdad, el secuestro masivo de niñas o la trata de personas?, ¿por qué no intervienen las grandes potencias frente a este flajelo, tan dadas a intervenir en virtud de sus intereses económicos?

Sin duda hay avances importantes a nivel internacional y esfuerzos que han hecho los propios Estados y Gobiernos, sin embargo, siguen existiendo brechas enormes, la precarización de las mujeres persiste, la política pública es insuficiente, la legislación por lo general se transforma en letra muerta y no logra actuar preventivamente y siempre se está llegando tarde. Las instituciones fundamentales de la sociedad siguen siendo todavía el fiel reflejo de esquemas patriarcales o colonialistas y, la democracia moderna no logra cumplir la promesa de paridad en los cargos de representación.

Esto quiere decir que de cada tres mujeres, una sufre violencia, la que se inicia a temprana edad. Este dato no puede pasar inadvertido, pues si bien, es cierto, las víctimas pertenecen a todos los grupos etarios y de todos los niveles, el hecho que la violencia juvenil exprese una clara tendencia a acentuarse, significa que nuestros sistemas educativos y su política pública, son abiertamente ineficientes y proyectan un panorama para nada alentador hacia el futuro. Y lo que hace más dramática la situación, es que estos casos corresponden a un período de tiempo en que se ha avanzado en materia de derechos, bienestar, integración o equidad, en que se ha construido todo un marco legal y una institucionalidad de género, inspirada en Declaraciones Internacionales, Pactos y Convenciones como la CEDAW y otras más recientes, destacándose la creación de ONU-Mujeres.

¿Qué nos dicen las cifras a nivel global?. El 40% de la población mundial de mujeres sufre algún tipo de violencia física o sexual, es decir estamos hablando de casi tres mil millones y que alrededor de cien mil por año son víctimas de femicidios. Datos alarmantes y si a ello agregamos que en la mayoría de los casos la violencia es causada por las propias parejas o parientes cercanos, convierte cada caso en un acto bárbaro e inhumano.

Esto quiere decir que de cada tres mujeres, una sufre violencia, la que se inicia a temprana edad. Este dato no puede pasar inadvertido, pues si bien, es cierto, las víctimas pertenecen a todos los grupos etarios y de todos los niveles, el hecho que la violencia juvenil exprese una clara tendencia a acentuarse, significa que nuestros sistemas educativos y su política pública, son abiertamente ineficientes y proyectan un panorama para nada alentador hacia el futuro. Y lo que hace más dramática la situación, es que estos casos corresponden a un período de tiempo en que se ha avanzado en materia de derechos, bienestar, integración o equidad, en que se ha construido todo un marco legal y una institucionalidad de género, inspirada en Declaraciones Internacionales, Pactos y Convenciones como la CEDAW y otras más recientes, destacándose la creación de ONU-Mujeres.

Un capítulo especial merecería la violencia hacia el embarazo, la maternidad y el amamantamiento, la exclusión de las mujeres por tales condiciones es igualmente brutal y más habitual de lo que se supone. El embarazo, especialmente, sigue siendo visto como un obstáculo o una limitación de las competencias para el trabajo manual e intelectual. ¿Acaso el embarazo afecta la inteligencia? No, rotundamente no. Frecuentemente es usado como excusa para marginar a una mujer de cualquier responsabilidad, liderazgo o de acceso al legítimo derecho al trabajo.

Como si fuera poco, junto a la violencia visibilizada, las mujeres deben igualmente hacer frente a una violencia invisibilizada o simbólica, víctimas de ésta hay tanto como las otras y los víctimarios por lo general resultan impunes.

Es cierto que la violencia tiene su génesis en la sociedad patriarcal, la cual ha ubicado a la mujer en una situación de inferioridad y postergación histórica. La estructura patriarcal está arraigada en la sociedad y tiene una clara correlación con las estructuras sociales y con la división sexual del trabajo. Y está enclavada en la mentalidad de hombres y mujeres y ha sido la banda transportadora de roles asignados arbitrariamente, de estereotipos nefastos donde siempre parece dominar lo masculino sobre lo femenino. Toda esta situación genera unos desequilibrios que impiden la configuración de una ciudadanía más justa y libre.

Hoy es necesario interpelar a las instituciones fundamentales de la sociedad, a sus liderazgos y a sus representantes, primero al mundo político, social, económico, cultural y religioso. Ya no es posible mirar para el lado y actuar conservadoramente y con indolencia frente a la violencia y a la pobreza. Es anti estético y nocivo el espectáculo que ofrecen los gobiernos, parlamentos, partidos, universidades, empresas, Fuerzas Armadas, iglesias, etc, en materia de participación y representación. No es posible seguir con este orden anacrónico.

Por tanto, es necesario que las mujeres y los hombres podamos avanzar en autonomía en todos los ámbitos de la vida humana y en la recuperación y ampliación de derechos. Que superemos los problemas de representación pública que afecta a las mujeres y que el mercado del trabajo, no discrimine remunerativamente por una cuestión de dignidad y racionalidad.

Estamos ciertos que para combatir la violencia o para avanzar en igualdad de derechos, ya no bastan las medidas afirmativas y los marcos jurídico-institucionales por si solos, sino que es necesario que la igualdad formal se convierta en sustantiva y que las agendas de género dejen de ser un simple listado de acciones de la política pública o inventarios de número de cuantas mujeres están o no en condición de representación.

Con respecto a todas las formas de violencia: ¿Cuántas víctimas más debemos esperar para reaccionar ante la violencia extrema? ¿Es necesario que sigamos contemplando el horror de la violencia para que la sociedad civil organizada y el Estado reaccionen motivando compromisos que después implementan a medias?. ¿Por qué si la política pública es insuficiente no avanzamos con otros actores en la promoción de cambios estructurales que impliquen, no solo la transversalización discursiva de la realidad de la diversidad de género?.

Esto no solo es cosa de la salud pública, de la política, de la justicia o de los emprendimientos como pretenden algunos gobiernos, es más que eso. Está bien la racionalidad pragmática del Estado moderno, pero tiene que ir a la par con la racionalidad crítica y eso implica incorporar el problema en las dimensiones profundas de la educación y la cultura. Y no basta que aquello esté declarado en modelos educativos o en currículos, sino que hay que promover reformas educativas y culturales de alcance universal que contribuyan a reconstruir moralmente las bases de la sociedad contemporánea.

Llegó el momento de la acción, pero con un Estado que debe ser más proactivo y con una sociedad civil organizada y movilizada. No es aceptable que las mujeres vuelvan a esperar dos siglos más que nosotros, como ocurrió en el pasado, que para lograr que el grito de la Revolución Francesa tuviera sentido, muchas de ellas terminaron perdiendo la cabeza bajo la guillotina. Todos sabemos que desde allí hasta ahora las mujeres no han dejado de marchar por conquistar espacios de mayor dignidad en la vida social, han tenido que sortear épocas oscuras del machismo y seguirán marchando, si el estado de cosas sigue igual. Y no es justo que nuestras compañeras tengan que cruzar una y otra vez el desierto, que toda la tarea de cambio social se lo dejemos a ellas.

El feminismo de hoy está por construir espacios democráticos, de mayor equidad, apuesta por una nueva ciudadanía, por lograr mayor autonomía, por más empoderamiento, más participación y estas últimas olas feministas han apostado en lo correcto: la transformación de la sociedad, pues los problemas son estructurales y hay una necesidad de cambios profundos, esta aspiración está avalada por una enorme experiencia histórica acumulada de parte de las mujeres.

Por tanto, más allá de todo discurso y de toda política, hoy es imperativo construir una nueva ética fundada en el respeto, en la libertad y en la dignidad de las mujeres y no olvidemos que la condición humana juega su trascendencia en el ser con los demás, condición para impulsar la justicia social, la igualdad de género y la transformación de la sociedad.