Menos compulsión a atribuirse éxitos y más dedicación a construir confianzas

Distintas autoridades, entre ellas el Presidente de la República y el ministro de Salud, han hecho en los últimos días reiterados llamados a la unidad nacional para enfrentar la pandemia del COVID19. Me parece un llamado acertado. Estamos frente un desafío que efectivamente requiere la colaboración de todos para evitar una catástrofe mayor a lo ya ocurrido.

Con todo, me parece que la autoridad no ha tenido tan claro que esa unidad no se logra por decreto o con el sólo llamado a través de los medios de comunicación, como si esto fuera una fórmula o receta mágica. Me temo que para lograr esta unidad se requiere un trabajo muy profundo de reconstrucción de confianzas desde todos los sectores, pero partiendo por la propia autoridad. Ese trabajo se ha visto menos de lo que fuera deseable.

La confianza se construye cuando la autoridad escucha a quienes de buena fe y con fundamentos técnicos y empíricos intentan colaborar en las decisiones que ella debe adoptar. No, en cambio, atacando públicamente a esas voces en sus discursos oficiales y, muchas veces, en las conversaciones privadas atribuyendo intencionalidad política al simple hecho de mostrar y analizar la evidencia disponible que no necesariamente coincide con la versión oficial. Esto ocurrió, por ejemplo, al ponerse en cuestión el discurso oficial que habíamos llegado a una meseta de 500 contagios diarios a fines de abril, lo que habría generado la sensación que lo peor de la pandemia ya había pasado, con las consecuencias hoy conocidas.

La construcción de confianza también supone que la información que se entregue sobre el desarrollo de la pandemia y la ejecución de sus políticas sea clara, transparente, oportuna y veraz. Han existido problemas en esta materia que son de público conocimiento hace semanas, aun cuando ha habido mejoras importantes estos últimos días. Sin embargo, siguen existiendo problemas. Por ejemplo, la poca claridad en muchas de las políticas que se comunican -como en el reciente anuncio de las cajas con alimentos-, las cuales ya no serían para un 70% de la población más vulnerable, como se dijo inicialmente, sino para el 70% promedio de las familias de la Región Metropolitana que están en cuarentena, como aclaró el ministro Sichel.

Para que exista confianza, también se requiere que la autoridad no sobreestime sus capacidades para responder frente a esta crisis. Recordemos, por ejemplo, cuando el Ministro de Salud declaraba el 4 de marzo que el sistema de salud en Chile estaba preparado para enfrentar 430.000 casos de COVID19  o, luego, cuando el 17 de marzo afirmó que el mismo sistema podría atender 100.000 contagios a la vez con una tasa de hospitalización de un 15%  ). Al 21 de mayo contábamos con 33.000 casos activos, un tercio de lo señalado y con una tasa de hospitalización más baja, y la ocupación de camas críticas, a nivel nacional, era de 84% y de 95%, en la Región Metropolitana. No se ve cómo realmente estábamos preparados para los números que se anunciaban en marzo.

Se requiere también que la autoridad tenga menos compulsión por atribuirse éxitos y logros apresuradamente. El retorno anticipado a la “nueva normalidad”, el cafecito entre amigos y hoy la retórica construida alrededor de la baja tasa de mortalidad, parecen mostrar una preocupación excesiva por atribuirse éxitos de gestión que generan natural distancia para desplegar un trabajo conjunto con quienes se les llama a la unidad. En la contracara, no ayuda mucho tampoco que la primera respuesta frente a los fracasos sea atribuírselos al comportamiento de los terceros como ha ocurrido con el incremento de los contagios.

Tampoco contribuye a generar confianzas cuando en forma reiterada distintas autoridades caricaturizan a las voces críticas como personas que esperan ver y se alegrarían con el “fracaso” del gobierno y que, por lo mismo, no les interesa realmente la salud de la población. Seguro hay por ahí personas deleznables que puedan estar en esa posición, pero no pareciera ser lo que la gran mayoría de quienes participan en el debate público realmente quieren. Tener diferencias sobre políticas adoptadas, sobre la interpretación de los resultados obtenidos y advertir sobre su potencial efecto negativo está muy lejos de ser equivalente a desear el fracaso. Al contrario, son una contribución para evitarlo. Pero si la autoridad no sale de esta retórica es bien difícil que amplios sectores confíen en ella y se concreten los llamados a la unidad.

Mi humilde llamado a la autoridad es a invertir más esfuerzos en reconstruir confianzas con distintos sectores políticos y sociales. Ese, me parece, es el camino correcto que nos puede llevar a la tan deseada unidad. Esto será clave no sólo para enfrentar la actual situación de emergencia sanitaria, sino para los enormes desafíos que vendrán a continuación. El llamado a la unidad de la autoridad debe partir con gestos y acciones claras de parte de ella en esta dirección.