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Round China-Estados Unidos: ¿Quién gana en América Latina?

La historia, hasta el fin de la Guerra Fría, dio como ganador al capitalismo. El socialismo se derrumbó y a 30 años, las explicaciones de este pacífico desplome son casi inocuas. El proceso siguiente exacerbó la idea de que ya no había peligro en el horizonte. El mundo era global y el capital no tenía patria –acaso alguna vez la tuvo- ni fronteras ni sentimientos.

Cero restricciones a la transnacionalización de las operaciones tanto productivas como financieras. La humanidad se vería favorecida con que la sagacidad empresarial se instalara donde era más rentable, porque eso igual bajaría los precios de los productos finales a los consumidores.

China, país con un bajo perfil político abrió sus fronteras a enclaves productivos de las más grandes empresas transnacionales del mundo occidental. Como se sabe, hoy todas las “grandes marcas” occidentales esconden en la letra chica un “made in China”, que dejó de ser una medida de calidad inferior. Ofreció mano de obra disciplinada, ávida de trabajar y, sobre todo, mucho más barata que las de otras regiones del mundo como América Latina.

Los negocios funcionaron y siguieron funcionando, hasta que la República Popular China acumuló excedentes descomunales en dólares, producto del ingresos de divisas y un desarrollo paralelo impresionante de actividades estatales -si pues, China tiene empresas públicas y planificación centralizada- que empezaron a producir tanto para el mercado interno, mal que mal 1.500 millones de individuos, como para exportar, con lo que empezaron a desplazar incluso a sus “mecenas” de los primeros tiempos.

Los analistas del occidente desestimaron esta nueva competencia, porque -se decía- el viejo centro hegemónico del capitalismo controla y lleva una enorme delantera tecnológica y siempre estos países emergentes -los BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- dependerán de la ventaja tecnológica que se construye en occidente. La sorpresa del siglo XXI es que en muchísimos campos de punta (industria militar, inteligencia artificial, robótica) los “hermanos menores” ya tienen sus propios programas, investigaciones, hallazgos y ofertas para el mercado mundial, que incluso superan a las de sus viejos progenitores.

Cuando Estados Unidos se da cuenta que los excedentes en poder de China eran tan grandes, amenazó con trucos financieros que podían reducir el poder real de tales activos. China, si lo había previsto o lo estaba pensando da lo mismo, empezó una enorme campaña de inversiones a nivel mundial que tenía un doble efecto. De una parte, deshacerse de excedentes líquidos que tenían poca confianza (dólares) y de otra, consolidar el proyecto de desarrollo de China que ya hace mucho rato no depende las inversiones extranjeras, sino de mantener una articulación de abastecimiento de materias primas -eso explica el apoyo a Venezuela por su petróleo- y también las numerosas inversiones en empresas de productos primarios en todo el mundo.

Los desarrollos militares de Rusia se conocieron, indirecta y muy restringidamente, a propósito del conflicto en Venezuela. Se dice, en círculos especializados que el apoyo de Rusia a la institucionalidad de ese país ayuda a evitar una solución armada al “conflicto venezolano”.

China está desarrollando un programa genético que lleva la delantera a muchos países del mundo y ya se está criticando que sus investigaciones superan los marcos éticos. Cabe estar atentos a este tema.

China continuó acumulando excedentes, porque las voraces empresas capitalistas con banderas y gerentes de países capitalistas indicaban a sus accionistas que para mantener las ganancias y ser competitivos con sus pares –también empresas capitalistas de connacionales- había que producir en China: bajos salarios, ninguna reivindicación gremial y cero regulación ambiental. El país oriental acumulaba crecientemente excedentes en dólares, llegando a sumas estratosféricas dedicadas -con una planificación muy calculada- al desarrollo interno para evitar lo que en economía se llama “sobrecalentamiento”, es decir, inyectar tantos recursos que la economía no responde y en lugar de crear crecimiento, genera “cuellos de botella” que estancan las proyecciones y solo provocan inflación. Pero como China es una economía planificada, dosificó convenientemente las inversiones y ese fenómeno no se produjo.

Cuando Estados Unidos se da cuenta que los excedentes en poder de China eran tan grandes, amenazó con trucos financieros que podían reducir el poder real de tales activos. China, si lo había previsto o lo estaba pensando da lo mismo, empezó una enorme campaña de inversiones a nivel mundial que tenía un doble efecto. De una parte, deshacerse de excedentes líquidos que tenían poca confianza (dólares) y de otra, consolidar el proyecto de desarrollo de China que ya hace mucho rato no depende las inversiones extranjeras, sino de mantener una articulación de abastecimiento de materias primas -eso explica el apoyo a Venezuela por su petróleo- y también las numerosas inversiones en empresas de productos primarios en todo el mundo.

Sin embargo, China sorprendió –una vez más- a los analistas occidentales porque, además, desarrolló una estrategia de conectividad que le permita reducir aún más los costos de sus productos puestos en el consumidor, invirtiendo en canales transoceánicos como en Nicaragua, en terminales de puertos, de las que hay varias propuestas en Chile o, en carreteras concesionadas en otros países.

Esta semana apareció en Chile el secretario de Estado de EE.UU, Mike Pompeo, que comentó que “el problema es que cuando China hace negocios en lugares como América Latina, a menudo inyecta capital corrosivo en el torrente sanguíneo económico, dando vida a la corrupción y erosionando el buen gobierno”.

Esta aseveración provocó reacciones. El embajador de China en Chile, Xu Bu, dijo en una carta al Mercurio: “Debió centrar su visita en cómo EE.UU tiene previsto contribuir al desarrollo económico de la región de Asia y el Pacífico; cómo puede contribuir al proceso de integración regional (…) Sin embargo, no estaba preocupado para nada por estos temas, sino que se centró en atacar a otros países“. Bu alertó que el comercio entre Chile y China “sobrepasó los US$42,8 mil millones, mucho más que los US$24 mil millones entre Estados Unidos y Chile”.

Un tema que extraña al público -pero no a los expertos en información- ha sido el asunto de Huawei. Pompeo aseguró que esta empresa se encontraba “controlada por el gobierno de China” y que podía espiar a sus usuarios. China contraatacó afirmando que “es de común conocimiento que Estados Unidos utiliza empresas de alta tecnología para espiar a otros países, amenazando la seguridad nacional de otros“. Para un simple analista queda claro que los ciudadanos corrientes, podemos ser examinados, analizados y atacados por los unos como por los otros, pero es claro que el argumento de Pompeo, más que alertar sobre “lo que hacen los demás”, es una confesión de lo que se hace en Estados Unidos.

En cualquier caso, llevar el conflicto económico a un simple celular como Huawei es solo una cortina de humo, porque hay muchos otros temas en juego como las tecnologías 5D en que los chinos ya tienen muchos adelantos. De manera estratégica, el país asiático le está ganado la batalla de la hegemonía, en un marco capitalista, a Estados Unidos y es posible que esta sea su preocupación de fondo.